anexo acuatico

hola peces y pescadas, mundo acuatico, espacio de agua. FLOTANTE, posible.

Apenas el rumbo de la corriente, es tan fácil sumarse como alejarse.Planctón, algas, alimento no falta. Permanecer es un acto de amor; participar, pura generosidad. Un solo nombre,un equipo, cardumen. Anexo, el que esta cerca. Muy cerca.

mucho trabajo para mucha gente



muestra colectiva

muestra  colectiva

martes, 23 de noviembre de 2010

María Urquizu por Natacha Katz

La obra de María diagrama un conjunto en movimiento: dibujos, pintura, objetos se amalgaman en un universo barroco cargado de climas intimistas y en algunos casos demasiado preciosista, como ella misma lo expresa, al referirse a sus dibujos. Es por ello que se animó a la pintura, buscando desprenderse de esa presión detallista que le impone el lápiz. Le interesa una pintura más suelta, más “bruta”.

Una composición que puede leerse como lo que decanta de los libros de Henry Darger, Soutine y cuentos infantiles clásicos que se apilan en su taller. También me cuenta que mira mucho National Geographic y revistas de moda y que luego construye en base “a los elementos que quiero que estén”.

Como un adorno, en su sentido simbólico más despojado, una ornamentación desnuda, que puede vestirse con casi cualquier ropaje semántico, sobrevuela ese conjunto de obra que no para de inquietarse.

Con los objetos se siente cómoda, le gusta desde el objeto marco, hasta incursionar en instrumental quirúrgico para desentrañar algo de lo órgánico que intuye dentro de ese universo barroco que la identifica. Negro sobre negro y agujas, masilla epoxi y papel, pelos y pintura de auto. Con esa base arma sus objetos que penetran como aguijones en la atención desprevenida que los mira por primera vez. Lo órgánico en su crudeza descarnada y a su vez tan dócil como el gesto del cirujano al hacer una insición, se siente como un baldazo de agua fría que despierta del suave ensoñar cotidiano en el que creemos que no tenemos cuerpo y somos inmortales.

La obra de María cuestiona desde un lugar que no se percibe instantáneamente, va penetrando, oradando, derribando muros de confiadas certezas, hasta que uno sin saber, se da cuenta de que ya es demasiado tarde, algo de uno se perdió, se transformó, se sublevó.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Happening III

video

Estefania Mateo por EA

La obra de Fani podría constar de tres pilares.

La performance o la pintura de acción, el registro de esa acción y la obra que genera a partir del registro.

Pero es más complejo aun. También pinta objetos que encuentra.

Las paredes de su casa. Otras telas. Continúa pinturas que empiezo en vivo en las que intervino el público.

Ella me cuenta como se prepara, el tiempo que necesita de estar en el lugar donde va a llevar a cabo la acción, lo recorre, ensaya previamente, mira, va con mucha anticipación al lugar para sentirse parte de ese espacio. Ese ritual la lleva a un estado de desinhibición, de adrenalina, que le sirve de motor para extracomunicarse con la gente del público.

Fani pinta en vivo.

Luz negra. Colores fluo. Música en vivo. Telas, papeles. Electrodomésticos que no funcionan. Pinta con las manos. Pinta con el cuerpo. Baila pintando y se pinta a si misma.

El cuerpo como herramienta. El cuerpo como soporte.

El movimiento como herramienta.

Sus acciones duran 40 minutos. No le interesa demasiado la imagen final, necesita que se vean los gestos, los movimientos, la acción.

No sabe bien porque razón empezó a hacer esto.Le gustaba que la vean pintar.

Siente que el bastidor le quedaba chico. Se sentía contenida, Necesitaba moverse. Comenzaba a pintar la tela y quería pintar el resto del lugar. Y empezó a moverse.

Hay infinidad de maneras de usar el cuerpo en la historia del arte. Fani se relaja, dejando de lado referencias históricas, información, prejuicios, tabúes e inhibiciones, pone su cuerpo en movimiento y disfruta cuando empieza a pintar.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

aleph

-Una copita del seudo coñac - ordenó - y te zampuzarás en el sótano. Ya sabes, el decúbito dorsal es indispensable. También lo son la oscuridad, la inmovilidad, cierta acomodación ocular. Te acuestas en el piso de la baldosas y fijas los ojos en el decimonono escalón de la pertinente escalera. Me voy, bajo la trampa y te quedas solo. Algún roedor te mete miedo ¡fácil empresa! A los pocos minutos ves el Aleph. ¡El microcosmo de alquimistas y cabalistas, nuestro concreto amigo proverbial, el multum in parvo!

-Claro está que si no lo ves, tu incapacidad no invalida mi testimonio...


Cumplí con su ridículo requisito; al fin se fue. Cerró cautelosamente la trampa, la oscuridad, pese a una hendija que después distinguí, pudo parecerme total.
Cerré los ojos, los abrí. Entonces ví el Aleph.

Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato, empieza aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? Los místicos, en análogo trance prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y las circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur. (No en vano rememoro esas inconcebibles analogías; alguna relación tienen con el Aleph.) Quizá los dioses no me negarían el hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe quedaría contaminado de literatura, de falsedad. Por lo demás, el problema central es irresoluble: La enumeración, si quiera parcial, de un conjunto infinito. En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.

En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.

Sentí infinita veneración, infinita lástima.

En la calle, en las escaleras de Constitución, en el subterráneo, me parecieron familiares todas las caras. Temí que no quedara una sola cosa capaz de sorprenderme, temí que no me abandonara jamás la impresión de volver. Felizmente, al cabo de unas noches de insomnio me trabajó otra vez el olvido


Extracto, recorte de El Aleph de Jorge Luis Borges.

lunes, 8 de noviembre de 2010

aprendiendo a usar el blog

tordillo y alazan
a irene le gustan los caballos; dice que hay una paleta de colores muy variada
el peluquero de estefania tinie sus caballos; que porqueria

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